La novela de Santiago Bosco Romero, que he tenido el honor de prologar es un grito, una terapia, un laberinto; Una denodada lucha contra un monstruo invencible al que solo se le pide la clemencia de unos días más, de unos minutos más, pudiendo “sintonizar” con un ser severamente querido, antes de que la señal se pierda definitivamente.
Un ser que se va pero se queda. Duelo grave y sostenido.
La novela es un grito desde los valores de un buen hijo; es queja, es lamento, es terapia para que el dolor no se quede todo dentro.
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